La Atlántida es un viejo fantasma que más de un arqueólogo
conservador quisiera silenciar. Pero su historia persiste, al igual que la de
otros mundos sumergidos que acusan esa catástrofe gigantesca o “diluvio
universal” del cual sobrevivió, supuestamente, Kukulkán y otros misteriosos
sacerdotes barbados que llegaron a
toda América. ¿Eran supervivientes de la Atlántida de Platón? ¿Acaso sus
descendientes? ¿Lo que ocurrió en aquellos lejanos tiempos, se puede volver a
repetir? A continuación, comparto un resumen de uno de los capítulos de mi libro "después del
2012" (Ediciones luciérnaga, barcelona).
Rastreando la Isla de los Dioses
Fue el célebre filósofo griego quien puso a
descubierto la historia de esa civilización desaparecida en el océano, un relato
que originalmente había sido escuchado por Sólon, el sabio legislador ateniense,
durante un viaje a Egipto. En el Critias y el Timeo de Platón se pueden leer
diversas citas que mencionan a la ciudad sumergida, entre ellas una que señala
el hundimiento de la “Isla” hace unos 9,000 años antes de los tiempos de Solón
(638-558 AC). Desde entonces, la supuesta existencia de Atlántida ha acaparado
la atención de muchos hombres, adquiriendo un importante interés a mitad del
Siglo XIX. Era un tema habitual de discusión. Y como era de esperarse, más de
una escuela esotérica dedicó sus estudios a desentrañar el misterio de aquel
mundo perdido. Hoy en día, el debate sigue abierto.Los escépticos, dicen que la Isla de Platón fue sólo una
invención para “ambientar” un discurso político que el filósofo griego ya había
ensayado en La República y Las Leyes. Y quienes defienden su existencia,
argumentan que diversas culturas
del mundo hablan de “civilizaciones perdidas” que sucumbieron bajo una
catástrofe global, y apuntan a la dorsal mesoatlántica como lecho de la Isla,
los presuntos restos submarinos hallados en Bimini en 1968 como prueba de
construcciones humanas hundidas en el Atlántico, y los alineamientos celestes de
diversos yacimientos arqueológicos del mundo —y que marcarían una coordenada en
el pasado— como una “pista” de la fecha “en que ocurrió la catástrofe”. Pero el
problema no está en la supuesta existencia de Atlántida. Lo que más martilla la
cabeza de los estudiosos es que, si realmente existió, ¿cómo pudo desaparecer en
“un día y una noche”, tal y como relata Platón?La Atlántida —siempre de acuerdo al relato de Platón— era
tan grande como Asia menor y Libia juntas. ¿Qué calamidad llevó a hundir
semejante territorio? Y si aquellos hombres eran tan sabios, ¿cómo no
advirtieron la destrucción que se les avecinaba? A menos que el “diluvio” haya
sido repentino, sorprendiéndoles en medio de una crisis interna de su
cultura.
Arriba: Mapa
de la Atlantida, según el
escritor, abogado y político norteamericano, Ignatius Donnelly
(1882). Durante mi adolescencia, el misterio de la Atlántida me
atrajo poderosamente. Pero más tarde descubriría que la Isla de Platón era tan
sólo la “Punta del Iceberg”. A los 19 años, en medio de mi búsqueda, me integré
en la Orden de la Rosacruz, antigua escuela esotérica que se remonta a la Europa
del Siglo XVII. En mis estudios rosacruces leí algunos textos que hablaban de
“Lemuria”, “Hiperbórea”, y otros mundos antediluvianos. Las increíbles historias
que describían esas olvidadas civilizaciones coincidían en que sus habitantes
“habían perdido el camino”, y que hicieron caso omiso a ciertas señales cósmicas
que predecían un cambio planetario de gigantescas proporciones. Aquel cambio,
acorde a antiguas enseñanzas esotéricas, sería más o menos traumático según el
nivel de frecuencia de los seres humanos. ¿Acaso, ello fue lo que sucedió con la
Atlántida? ¿A qué tipo de señales cósmicas se referían aquellos relatos? ¿Y qué
significa, exactamente, el nivel de “frecuencia”?Tuvieron que pasar largos años para hallar una posible
respuesta. O por decirlo de otro modo, para comprender un antiguo mensaje que
sentí como un viento cuando visité la Pirámide de Kukulkán en Chichen Itzá.
“Sabía” —y no me pregunten cómo— que la historia de los mayas y la profecía de
2012 estaba entroncada con un acontecimiento más antiguo y que se podía repetir, poniendo
nuevamente al hombre ante una extraordinaria “evaluación”. Una prueba que los
hombres de la Atlántida no supieron enfrentar. Kukulkán, y los “hombres
barbados” que describe una y otra vez la tradición
andina, no querían que se repitiera el mismo episodio con las generaciones del futuro. Por ello la
advertencia de lo que puede acontencer después del 2012.
Arriba: ¿quienes fueron, realmente, los hombres
barbados de Bolivia, Perú o
México? Pero, como decía, la Atlántida es sólo la punta del
iceberg. Otras tierras, hoy desconocidas por la mayoría de los hombres, habrían
conocido también su final ante inesperados “cambios climáticos extremos”,
activados por un fenómeno cósmico que los mayas conocían muy bien. Un fenómeno
que es cíclico y que, por lo tanto, se puede predecir. De acuerdo a diversas
investigaciones, Hiperbórea y la Lemuria serían tierras más antiguas que la
Atlántida. La primera se ubicaba al extremo norte de Europa y Groenlandia, tal y
como mencionan insistentemente las leyendas de la vieja Tule. Sileno, filósofo
griego, afirmaba que sus habitantes estuvieron en contacto con “otras gentes más
allá del mar”. Y la leyenda dice que eran seres gigantes e inmortales. Por otra
parte, Lemuria, era una franja de tierra que unía en el pasado las costas sur
orientales de África con Madagascar. Precisamente fue el geólogo inglés Philip Sclater quien la “bautizó” con
ese nombre al observar varios
grupos de primates lemúridos dispersos en toda la región, separados por el
océano Índico. Por ello teorizó un “puente de costa a costa” en una época
geológica remota. Del nombre de los primates, acuñó el término “Lemuria”, el
lugar en donde habría aparecido el ser humano por primera vez.Muchos escritores confunden la Lemuria con Mu, otro mundo
sumergido, pero esta vez en el océano Pacífico y presuntamente ligado con la
cultura maya. El Coronel James Churchward, oficial de la Armada Británica en la
India, fue uno de sus principales
difusores, argumentando su existencia gracias a una tablas de barro que le
mostraron en un templo hindú. Aquellas tablas, llenas de curiosos símbolos, supuestamente narraban el
hundimiento de Mu. Y Churchward afirmó, entre otras cosas, que esos
símbolos eran idénticos a los que se pueden ver en la
Isla de Pascua. Tiempo más tarde,
el controvertido arqueólogo francés Augustus Le Pongleon afirmó haber hallado,
en 1886, un arcano manuscrito maya en la Península del Yucatán, en donde se
describía, a su entender, tierras sumergidas en el océano Pacífico, una
afirmación que ya había sido disparada en 1864 por el eminente americanista
Charles-Etienne Brasseur de Bourbourg al tomar el “Codex Troano” como el relato
de un tierra hundida, llamada también Mu. Como fuere, todos estos indicios,
discutidos y cuestionados por la ciencia oficial —desde luego— dieron mayor
fuerza a la hipótesis de tierras “hundidas” en el océano Pacífico, tal y como
sostienen muchas tradiciones indígenas. Entre ellas, la más consistente y llena
de detalles, es la que comparten los indios hopi. Pero ellos no le llaman Mu,
sino “Kasskara”.
La extraordinaria historia
Hopi
Los hopi, hoy afincados en
una reserva nativa en Arizona, dicen que hace mucho tiempo atrás existió una
gran civilización que fue “barrida” por erupciones volcánicas e inundaciones.
Gracias a unas misteriosas entidades no humanas, llamadas “Katchinas”, quienes
con ayuda de sus “escudos voladores” pudieron rescatar a diversos grupos
humanos, la gente de Kasskara pudo ser llevada a zonas que hoy en día conocemos
muy bien, como Mount Shasta en California, la mismísima Palenque en Chiapas, y
Tiahuanaco en el altiplano andino. Así, cuentan, se pudo preservar el legado de
esa olvidada civilización que hoy en día estaría oculta en el mundo subterráneo.
Sí, suena increíble. Pero, ¿si así ocurrió? ¿Acaso los “Katchinas”, que según
los hopi venían de las Pléyades, asistieron a los habitantes de “Mu” ante una
catástrofe que hundió a su civilización?En los años 80, el ingeniero espacial de la NASA, Joseph
Blumrich, publicó un libro revelador sobre las leyendas hopi, luego de una larga
entrevista que mantuvo con su líder, “Oso Blanco”. En él nos
cuenta:“De acuerdo con la tradición
hopi, la historia de la humanidad está dividida en períodos que ellos denominan
«mundos», los cuales están separados entre sí por terribles catástrofes
naturales: el primer mundo sucumbió por el fuego, el segundo por el hielo y el
tercero, por el agua. Actualmente viviríamos en el cuarto mundo. Y en total, la
humanidad deberá recorrer siete. No siendo comprobables históricamente los dos
primeros mundos hopi, la memoria tribal de ellos se remonta a la época del
tercer mundo, cuyo nombre era Kasskara. Este era el nombre, en realidad, de un
inmenso continente situado en el actual emplazamiento del océano Pacífico. Pero
Kasskara no era la única tierra habitada. Existía también el «país del Este». Y
los habitantes de este país tenían el mismo origen que los de
Kasskara.”Luego, Blumrich se refiere
sin mayores rodeos a la naturaleza de los misteriosos
“Katchinas”:“…los Katchinas ayudaron
a los elegidos a trasladarse a nuevas tierras. Este hecho marcó el fin del
tercer mundo y el comienzo del cuarto. Es preciso aclarar que, desde el primer
mundo, los humanos estaban en contacto con los Katchinas, palabra que puede
traducirse por «venerables sabios». Se trataba de seres visibles, de apariencia
humana, que nunca fueron tomados por dioses sino solamente como seres de
conocimientos y potencial superiores a los del ser humano. Eran capaces de
trasladarse por el aire a velocidades gigantescas, y de aterrizar en cualquier
lugar. Dado que se trataba de seres corpóreos, precisaban para estos
desplazamientos unos artefactos voladores, unos «escudos voladores» —al igual
que en las crónicas romanas, al igual que en las crónicas de Carlomagno— que
recibían diversos nombres.”(Kasskara
and the seven worlds, Joseph Blumrich, 1985)Por el relato, los Katchinas serían seres físicos,
visibles, que gracias a una avanzada tecnología —ya que podían desplazarse en el
cielo con ingenios voladores— pudieron asistir al pueblo de Kasskara. ¿Se
trataba de un grupo de seres extraterrestres? Y la alusión a la gente del “País
del Este” podría referirse a la Atlántida. De acuerdo a la tradición hopi —y
otras tantas que podemos hallar en todo el mundo— los “hombres del Este” eran
guerreros, y estaban embarcados en una obsesiva conquista de nuevos territorios.
Recuerda inevitablemente a la Isla de Platón.
Arriba: representación hopi de los "dioses" Katchinas,
que llegaron desde las estrellas Pléyades... Sí hacemos caso a
las diversas leyendas y mitos que hablan de estos “mundo perdidos”, Hiperborea y
Lemuria serían tierras más antiguas, que se remontan a millones de años atrás.
Atlántida y Mu, por su parte, habrían sido las protagonistas de la “última
destrucción”, que sucedió hace aproximadamente 12,000 años. Y ambas
civilizaciones eran distintas. Mu habría sido una cultura mística y pacífica, y
Atlántida estaba concentrada en su avance tecnológico y sus planes de
colonización y expansión.Sí, dije bien:
avance tecnológico.Muchos relatos de
extraños vehículos voladores en el pasado no siempre deberían relacionarse a
inteligencias extraterrestres. ¿Qué tal si se trataba de antigua tecnología
humana que fue borrada de un plumazo con el “diluvio universal”? Con ello no
quiero decir que no se haya producido visitas de civilizaciones no humanas a
nuestro mundo en épocas remotas —personalmente, no tengo duda alguna de ello—,
sino a que el panorama que enfrentamos es bastante más amplio de lo que uno
generalmente supone. Desde el mapa de Piri Reis, trazado en 1513 y sin duda
“copiado” de documentos más antiguos, que describe con precisión todos los
continentes del mundo, incluyendo Sudamérica —desconocida en aquel entonces— con
el nacimiento del río amazonas dibujado y, por si ello fuera poco, con las
costas de la Antártida libre de hielos, a las “pilas eléctricas” halladas en las
viejas ruinas de Khujut Rabu, ciudad Parta, en los alrededores de Bagdad —con 22
siglos de antigüedad—, o la desconcertante “máquina de Anticitera”, una presunta
“calculadora mecánica” que fue sacada del mar en 1900 por pescadores griegos,
cerca de la costa de la Isla de Anticitera al oeste de Creta, y que tendría al
menos 2,000 años —se puede ver en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas―,
hallamos en esas “anomalías” un “gato encerrado”. Me pregunto, ¿todo esto es un
accidente?
La fecha del “diluvio”
Listar la cantidad de “anomalías” que se
pueden encontrar en el mundo antiguo me obligaría a escribir un libro aparte. No
exagero. Hay muchísimas evidencias que no cuadran en la historia. Hoy por hoy
estoy convencido de que el ser humano “antediluviano” adquirió tecnología. Sin
embargo, por alguna razón, todo ello quedo sepultado, olvidado e “invisible”
para nuestros tiempos. Si hubo una catástrofe que extinguió su tecnología, al
menos los supervivientes no perderían sus conocimientos. Pero tendrían que
volver a empezar, y literalmente, de cero. ¿No es curioso que se describa a los
mayas como grandes matemáticos y astrónomos, y al mismo tiempo, que se les sitúe
en la edad de piedra? Los grandes yacimientos arqueológicos de todo el mundo
antiguo denotan grandes conocimientos científicos y místicos. Pero todos ellos
tuvieron que ser erguidos en roca, empleando los medios de los que se disponía
en aquel entonces.Da la impresión de que
las pirámides de Egipto, la mal llamada “fortaleza” de Sacsayhuamán en Cusco,
Tihuanaco en Bolivia, o los diversos templos mayas de México y Centroamérica,
hubiesen sido erguidos por remanentes de una cultura madre. La construcción de
pirámides y templos, la importancia del Sol, la creencia en una vida después de
la muerte, los complejos conocimientos astronómicos, incluso las leyendas que
describen el “origen” del ser humano, se parecen demasiado. Tanto, que uno
piensa si todas las culturas fueron engendradas por la misma
madre.Decir que la “madre” fue Atlántida,
o Mu —o ambas— sería muy fácil. Pero todos los indicios sugieren que hubo una
civilización original que influenció en los pueblos de todo el mundo luego del
tan mencionado “diluvio”.¿Qué causó el
supuesto “diluvio”? ¿Ocurrió hace unos 12,000 años?A mediados de los años 90 me llegaron unas informaciones
sobre el presunto alineamiento de las principales pirámides de Giza con el
Cinturón de Orión. Confieso que no me sorprendió. Pero lo qué sí llamó mi
atención fue que no sólo Egipto estaba “conectado” con aquel grupo de estrellas.
Recuerdo que luego de una conferencia que brindé en la ciudad de Montevideo, en
Uruguay, un recordado amigo y hermano, Guillermo Silva, me obsequió un libro de
Graham Hancock: “Las Huellas de los Dioses”. En él, el investigador
británico describe un apasionante estudio de diversas culturas del mundo
antiguo, realizando paralelismos y repasando de cerca sus grandes conocimientos
astronómicos. Al igual que Robert Bauval y Adrian Gilbert —co autores del libro
“El Misterio de Orión”— Hancock llegó a una conclusión inquietante: Las
civilizaciones del pasado habrían dejado “señales” astronómicas en sus pirámides
y centros sagrados para marcar una “fecha”. Una fecha que se remonta al año
10.500 antes de Cristo.
Arriba: otro tema incómodo para la Arqueología son las
estructuras sumergidas de la isla japonesa de Yonaguni. El equipo de científicos
del Misaki Kimura confirmó el hallazgo y la acción de "la mano del hombre". ¿Qué
tan antiguas son si están bajo el agua? Según algunos estudios, esas ruinas
estan allí, por lo menos, 12,000 años... Robert Bauval —un
ingeniero belga aficionado a la astronomía—sugirió que las tres grandes
pirámides de Giza estaban alineadas a las estrellas Al Nilam, Al Nitak y Mintaka
del Cinturón de Orión. De acuerdo a numerosos estudios, que contaron con la
ayuda de sofisticados programas de computación, se calculó que las tres
estrellas de Orión se hallaban alineadas a las célebres pirámides egipcias el 21
de marzo del año 10,500 antes de Cristo, en pleno equinoccio vernal en aquellas
latitudes del mundo. Además, la no menos misteriosa “Esfinge” estaría emplazada
en dirección a la Constelación de Leo en esa misma fecha —y quizá, por esa
razón, tendría cuerpo de “León”— alimentando así viejas leyendas que la
identifican como la “ancestral guardiana” de las pirámides. El profesor Robert
Schoch, geólogo de la Universidad de Boston, levantó más polvo en torno al
enigma de la Esfinge y su verdadera antigüedad al sostener que su erosión es
producto de torrenciales lluvias. Y se sabe muy bien que al menos desde hace
10,000 años no llueve con esa intensidad en Egipto.Graham Hancock, desde luego, siguió estas pistas, y reunió
más información, que esta vez comprometía al Templo de Kalasasaya en Tiahuanaco,
a los “falsos morteros” de Machu Picchu, la figura de la “Araña” en la pampa de
Nasca, las pirámides de Teotihuacán en México, e incluso las ruinas sumergidas
de Yonaguni en Japón —entre otros centros arqueológicos del mundo— con la misma
alineación a Orión en el año 10,500 antes de Cristo.
¿Casualidad?No lo creo.Si diversos emplazamientos antiguos del mundo “marcan” una
fecha y un lugar, probablemente querían dejarnos un mensaje. Un mensaje que va
más allá de una fecha simbólica, que podría estar conectada con los tiempos en
que se produjo el “diluvio”. Y un lugar que está ubicado en el espacio, en un
grupo de estrellas que se hallan a cientos de años luz de nuestro planeta. ¿Por
qué Orión? Pienso que por alguna razón se identificaba a Orión con la figura del
“Gran Cazador”, un guerrero imaginario, “dibujado” en las estrellas, y que
podría esconder un acontecimiento más profundo.Si Orión representa al cazador, al “Guerrero”, y su
“cinturón” está alineado con diversos yacimientos arqueológicos del mundo en una
fecha tan inquietante como el año 10,500 antes de Cristo —un número que se
acerca mucho a la coordenada del hundimiento de la Atlántida que menciona Platón
en sus Diálogos— ¿será posible que la caída de las civilizaciones antediluvianas
estaba conectada con su espíritu guerrero y colonizador? ¿Fue por esa razón que
no vieron el arribo del “diluvio”? ¿Esta descripción no coincide con la fama que
tenía la Atlántida de ser una “cultura guerrera”?Desde luego, esa no es la única explicación posible, ya
que Orión involucra muchísimas más cosas. Entre ellas, era el “lugar de origen”
de los misteriosos dioses egipcios… Y curiosamente, bajo el Cinturón de Orión,
se encuentra la M42, una gigantesca nube de gas y polvo que está engendrando
nuevos soles y planetas. En ese lugar, ubicado a 1,600 años luz, el telescopio
espacial Hubble halló moléculas orgánicas similares a las primeras que se
formaron en la Tierra hace miles de millones de años. Al menos, es un dato más
que sugerente. Sería increíble si nuestros ancestros conocían todo esto… De lo
que no hay duda es que hay una “pista” dejada por aquellas antiguas
civilizaciones. Quizá, estaríamos hablando de los supervivientes del “diluvio”
como autores de ese mensaje. Ellos habrían intentado dejar una advertencia que
se mantuviera viva durante miles de años y pudiera llegar a nosotros para no
cometer el mismo error en el que ellos cayeron.¿Qué fue lo que sucedió? ¿Ante qué catástrofe se
enfrentaron? ¿Y que tiene que ver todo ello con la profecía de
2012?
Anatomía de una
catástrofe
Hace unos 12,000
años, habría sucedido el hundimiento de la Atlántida. Y se cuenta que sus
presuntos supervivientes lograron rescatar los archivos históricos, preservando
así el conocimiento que adquirieron, aunque perdieron su tecnología debido al
desastre planetario que enfrentaron. Tiempos más tarde, decidieron compartir sus
adelantos con los grupos humanos que hallaron disgregados en el mundo,
llevándoles la semilla de la civilización, y precipitando con ello un gran
avance en materia de astronomía, arquitectura, agricultura e incluso sobre la
vida más allá de la muerte y la relación del hombre con el Universo. A sus
nuevos “discípulos” les contaron la historia de los “orígenes”, de la caída y
destrucción que vivieron. Todo ello llegaría a nosotros como leyendas. Y también
les habrían dado una advertencia: Que el mismo acontecimiento que ellos no
supieron manejar, volvería a suceder.¿Qué
acontecimiento?Asumiendo la existencia de
la Atlántida, Mu, y otras civilizaciones sumergidas, ¿qué evento sucedió en el
planeta como para generar su desaparición sin dejar prácticamente huellas
visibles?Debo adelantar, que quienes
persiguen el rastro de estas culturas olvidadas, no se ponen de acuerdo. Desde
el impacto de un cuerpo celeste, a detonaciones de armas de destrucción masiva,
o un violento cambio climático —que involucró grandes deshielos y por
consecuencia espantosas inundaciones— son las diferentes teorías que se suelen
esgrimir para intentar explicar cómo una avanzada civilización se hundió en las
aguas del océano en un solo día y una sola noche.Veamos brevemente las principales
hipótesis:1. Un impacto
celesteHace miles de años, entre las
órbitas de Marte y Júpiter, habría existido un planeta habitado del que hoy solo
quedan numerosos fragmentos. Sus “restos” sería el cinturón de asteroides que
reveló Giuseppe Piazzi en 1801 al reportar el hallazgo de Ceres, el principal
cuerpo que compone el cinturón —mide 950 Km. de diámetro—. Aquel posible
cementerio estelar cuenta con más de 40,000 cuerpos flotando en el espacio. Para
científicos de la ex Unión Soviética, los asteroides son restos de un planeta
que por razones desconocidas estalló. Los estudiosos lo llamaron
“Faetón”.Supuestamente, dos grandes
fragmentos de Faetón —o “Maldek”, como también se lo conoce— fueron atrapados
por la gravedad de la Tierra, y estuvieron orbitando con la Luna durante un
período no establecido. Es decir, en aquellos remotos tiempos, habríamos tenido
“tres lunas”. Hasta que algo ocurrió.Los
fragmentos se precipitaron a nuestro mundo ocasionando una gran destrucción
debido al impacto. Uno de ellos, habría caído precisamente en el océano
Atlántico —condenando a muerte a la “Isla” de Platón— movilizando así las
energías del planeta que se vieron alteradas en la zona del incidente, un lugar
que no sería otro que el controvertido Triángulo de las Bermudas. El segundo
fragmento, se habría precipitado sobre el océano Pacífico, creando también un
área de “aberración magnética” que algunos escritores denominan el Triángulo del
Dragón. Como fuere, se supone que las “huellas” del impacto de estos dos cuerpos
sería la Fosa de Puerto Rico, ubicada entre el Mar Caribe y el Atlántico, y que
tiene la espantosa profundidad de 8,605 metros. En el Pacífico ocurre algo
similar con la Fosa de las Marianas, que tiene 11,034 metros de penetración.
¿Las evidencias de un impacto o sólo formaciones naturales producto del proceso
de subducción que vivió el lecho marino?En mensajes de presunta procedencia extraterrestre, y en
visiones de algunos psíquicos de renombre, como el norteamericano Edgar Cayce,
se afirma que cuando ocurrió la catástrofe de la Atlántida sus habitantes
estaban en “guerra”, y por ello no pudieron evitar el ocaso, pues se hallaban
embarcados en sus conflictos, muy lejos de imaginarse un repentino golpe que los
borraría textualmente del mapa. Otras fuentes sugieren que los atlantes
“sostenían” con su tecnología —unas pirámides que proyectaban columnas de luz
sólida al cielo— los dos fragmentos de Maldek, para que éstos no se precipitaran
sobre el planeta. Sin embargo, sus guerras trajeron consigo la destrucción de
aquellas máquinas que equilibraban la órbita de los improvisados satélites. Todo
fue rápido y violento. No se pudo evitar el impacto. ¿Esto fue lo que sucedió?
¿El mensaje sería que el fantasma de la guerra les hizo caer y destruir su
propia civilización?
2. Una glaciaciónNo pocos estudiosos apuntan al último período glacial como
el responsable de la destrucción de la Atlántida. Si la “Isla” de Platón
existió, y se hundió en el océano hace unos 12,000 años, ello coincide con la
descripción que hizo Charles Darwin en su Diario, al describir una extinción
masiva entre el 15,000 a. C. y el 8,000 a. C. Huelga decir que estaríamos
hablando de una gran cadena de consecuencias climáticas, extremas, que afectaron
a buena parte del mundo. Se dispone de numerosos indicios que sugieren una
violenta actividad volcánica durante el declive de la Glaciación Wisconsin:
Movimientos sísmicos, tsunamis, y espantosas olas de frío son sólo algunas de
las circunstancias que habrían enfrentado los hombres de aquel entonces. Amén de
inundaciones globales.Se supone que
durante los episodios de intenso vulcanismo, que formaron parte de ese período
glacial, el material expulsado a la atmósfera pudo generar una suerte de
“invierno nuclear”. Los volcanes proyectaron un enorme volumen de anhídrido
carbónico —un gas de “efecto invernadero”— ocasionando una verdadera turbulencia
climática que puso en aprietos a la mayoría de las especies del mundo. Pero,
¿todo esto explica la súbita destrucción de la Atlántida?Personalmente, no lo creo. Considero que hay otras
hipótesis que deberíamos tener en cuenta.Quizá podría explicar por qué la Atlántida era una suerte
de gran “archipiélago” cuando se hundió y no un continente. Se dice que cuando
el mundo perdido desapareció en el océano —en su destrucción final— estaba
conformado por tres islas imponentes, siendo la principal la mítica Poseidonis.
Antes, habrían sido vastas tierras, pero los continuos embates planetarios las
redujeron a diez islas. Supuestamente, siete de estas islas fueron destruidas
por sus incesantes guerras. Las tres últimas, con el centro de dirección en
Poseidonis, se hundieron finalmente hace unos 12,000 años. Esta historia
coincide con las visiones de Edgar Cayce, que describen “tres destrucciones”
para la Atlántida. Sin embargo, sigue siendo un misterio por qué desapareció
súbitamente.
3. Un fenómeno
cósmicoGuerras, la caída de
asteroides, y un terrible cambio climático son las tesis que usualmente se
manejan para intentar desentrañar las causas que aniquilaron el Imperio de
aquellos “semidioses”. Pero a todo ello debemos añadir una influencia poderosa
que podría haber precipitado espantosos cambios en el planeta: Una radiación que
llegó desde el centro de nuestra galaxia.
Como explicaba en las primeras páginas de este libro,
los mayas y otras antiguas culturas conocían el ciclo precesional que describe
nuestro planeta a lo largo de 25,920 años. Una interpretación de las profecías
mayas sostiene que al cumplirse ese ciclo gigante se produce una “alineación”
con el núcleo galáctico, en donde reside una poderosa fuente de energía que
“transmuta” a los mundos hacia una “nueva etapa”. El proceso involucraría graves
trastornos en nuestro Sol y en el planeta, afectando de manera insospechada el
equilibrio climático e, inclusive, a las propias formas de vida. Otras fuentes
sostienen que esta situación ocurre, en realidad, dos veces durante la rueda
precesional; es decir, cada 12,960 años, una cifra que se acerca, y mucho, a la
fecha del posible hundimiento de la Atlántida —en el año 10,500 a. C. —. Lo
cierto es que no existe forma de confirmar si hubo una influencia cósmica en el
clima y en los hombres de aquel tiempo. Sólo podríamos seguir emitiendo
conjeturas.Ahora bien, la radiación del
centro galáctico y su acción en la Tierra no es un “cuento chino”. Tampoco es
una broma que en estos tiempos los cambios climáticos en el planeta hayan
arreciado de manera preocupante, caminando de la mano con la crisis económica
mundial, social, virus, guerras, y todo cuanto estamos
enfrentando.¿Estamos viviendo las mismas
señales que afrontaron los hombres de la Atlántida? ¿Fue por ello que “Kukulkán”
intentó advertirnos de lo que vendría? ¿2012 fue el inicio de esa nueva nueva
prueba para la humanidad? Si es así, deberíamos escuchar el mensaje simbólico
del hundimiento de Atlántida o el episodio bíblico del Arca de Noé: es momento
de cambiar nuestra visión de las cosas.